domingo, 17 de junio de 2012

PREMIO BLAS DE OTERO

El día 16 de Junio se falló el PREMIO BLAS DE OTERO en el Centro Cultural del mismo nombre.
Fue una velada gratificante y bonita. Hubo literatura, música y hasta una copita para celebrar el acto y la buena organización.


JURADO CALIFICADOR



Leyendo el relato



Recibiendo el ACCESIT







                                                        EL LENGUAJE DE LA SELVA
                                  
      Un sol inclemente ha deshecho el velo de gasa gris del amanecer y, a esa hora del mediodía, la luz y el calor son abrasadores, preludio de la lluvia tropical que descargará por la tarde. Hombres manejando máquinas, pertrechados de herramientas, se han adentrado en lo más umbrío de la selva. Manipulan con celeridad, conocen su oficio. Los habitantes de aquel paraje, indígenas, animales y plantas, saben que siempre sucede algo terrible  cuando los hombres sonrosados irrumpen de improviso. Poco tardarán en comprobarlo.
    Un crujido atronador, seguido de un ruido seco de astillas, retumba en la jungla.  Calla el  motor de la sierra eléctrica. El desgarro del follaje acaba por completar el espectáculo del crimen; otra víctima ha caído a consecuencia de la ambición. La reacción es inmediata.
            Todo se agita. Surge la fascinación de la abominable. Un rumor de cuerpos en movimiento recorre el suelo; son insectos, reptiles, pequeños roedores que huyen, se esconden. En las alturas, pájaros enloquecidos baten sus alas y se desplazan entre chillidos sacudiendo el entramado de las ramas con rápidos movimientos; también se hace más audible el chapoteo en las orillas del río. El silencio que viene a continuación trae un lamento proveniente del fondo de la  Humanidad. Se sabe que esta vez la víctima ha sido el cedro centenario; el mismo que se dejaba embargar por el frescor de las aguas, los rayos perpendiculares del sol, los colores iridiscentes de las orquídeas…
             Aquel cedro amazónico, surgido de la tierra húmeda y fértil con la fuerza de un gigante, yace ahora  en un claro de la selva, sacudiendo las ramas con gesto impotente. Sólo consigue que las hojas se sobresalten.
             Fantasmagoría, existencia pálida… ¡ muerte!
             No es la primera vez que un hecho así sucede.  Avistado desde el aire el gran cedro por Don Maldito – el conocido maderero, dueño del aserradero,  los astilleros,  también de la cementera –ha obrado con rapidez, llevando subrepticiamente la máquina infernal, desconocida hasta entonces en aquellos parajes selváticos.
            Minutos antes había hablado el gran río. Bajaba  espantado, ansioso, agigantado. Venía de aguas arriba. Había visto instalarse en un espacio abierto, hacia el interior, una construcción complicada, con máquinas, vehículos de transporte, hombres uniformados… Algo terrible ocurriría.  ¿La tala selectiva? Lo había visto otras veces. Escogen ejemplares aislados, magníficos, únicos. Huyen con el  tronco y dejan abandonadas en el suelo las ramas, las hojas, las huellas del suceso.
            –Cedro, ¿lo ves?  Allá, a lo lejos
            Desde la alta copa, el cedro mira con ojos de periscopio. Solo advierte una polvareda en lontananza.
            –Gran rio, yo no puedo distinguir; no he salido nunca de este paraje. Solo he visto polvareda y muerte cuando años atrás, hombres rasgaban la piel de otros árboles para recoger sus lágrimas blancas en pequeños cubiletes. ¡De eso hace tanto tiempo…!
            –¿No ves unas máquinas con ruedas?
            –Sí, ya las veo. ¿Quiénes son?
            –Depredadores. Vienen de más arriba. Se llevan todo lo que produce dinero.
            La lluvia tropical hace acto de presencia. Es intermitente, descarga con fuerza durante un corto periodo y cesa.
           
            Lo elevan con una gran grúa hasta un camión remolcador, camino de la autopsia. Acostado su tronco en aquel artefacto, echa una última mirada al tocón que queda enraizado a la tierra que le vio nacer. No, no está muerto, la savia aun corre por su interior.
            –¡Eh¡, gran río, ¿adónde me llevan?
            –Al aserradero, sin duda. Está en mi camino de bajada. Lo conozco.
            La máquina poderosa avanza por la trocha paralela al río, que baja turbulento, salvaje, con aguas marrones amontonadas de lluvias, llevando en su cauce toda clase de  desechos, plásticos, espumas malolientes. Aquellos caminos son desconocidos para el cedro.
            Kilómetros de carretera inundados de  un aire irrespirable, empolvan de una capa insana los escuálidos cultivos del interior. Se escuchan explosiones que dejan el aire contaminado de humo y olor a pólvora, arrojando al aire pedazos de montaña que son amontonados en vagonetas.
 La revuelta del camino deja al descubierto una escena de ciencia ficción. El humo blanquecino lanzado a bocanadas por aquella especie de barco gigantesco de cemento y metal, cubre el estuario del río de una nube tóxica. Un gran colector vuelca toneladas de aguas opacas. ¿Será el mismo del que le habló una vez el gran río? El árbol lo relaciona con las espumas amarillentas que envenenan su caudal y se remansan en las orillas, enredadas con  detritus y peces muertos.
            El camión se mueve con dificultad; la marcha es lenta, tortuosa. Campesinos de los alrededores ven pasar el cortejo fúnebre. Se escuchan panegíricos al muerto, de admiración,  de envidia.
            Ya en la sala de disección, operarios manejan grúas poderosas provistas de grandes garfios y dejan su cuerpo en una cadena sin fin, lenta, vibrante.
             Un tipo fornido, con andares de borracho, hace pasar al gran por el tornillo devorador que le despojará de su vestimenta.
             “Todavía puedo sentir mi corteza de estrías  longitudinales, recordar el suave tacto de las serpientes formando ondas en mi torso, los monos balanceándose en mis ramas, las arañas tejiendo su encaje, el viento topando contra mi gran copa…”
             Su conciencia empieza a nublarse, a desenfocar los objetos. Su cerebro ya no puede dar órdenes, pero aun tiene tiempo de pensar en la cantidad ingente de oxígeno que ha proporcionado a la atmósfera a lo largo de sus ciento cincuenta años… “¡Que no desaprovechen mis hojas, tampoco la raíz! Los indígenas obtienen infusiones curativas.  Sí, yo lo he visto”.
             Siente frío, la savia empieza a secarse.
            Con precisión de cirujano, sierras cortantes entran en acción; penetran en su cuerpo y lo separan en gruesos tablones. Formulas eficaces para destruir más en menor tiempo Un estremecimiento de sus fibras más íntimas anticipa el final; es el último estertor, el llanto silencioso de la mutilación.
            En el patio exterior le apilan junto con otros cadáveres.
            Un coche de lujo aparca delante del portón. Es Don Maldito, el inescrupuloso millonario que dice defender el trabajo de los obreros. Viste camisa fina de algodón, botas de montar y sombrero de ala ancha;  deja ver las encías a través de un puro habano. El rostro tenso, como figura de cera, se esconde detrás de unas gafas oscuras. Una astilla se clavó en su ojo y desde entonces las órdenes las imparte desde fuera.  Señala los tablones del cedro con un ademán de la mano. Ha pronunciado la palabra quilla.
            La tala indiscriminada está prohibida. Las autoridades deben haber sido burladas, si en esa parte del mundo la autoridad no fuera él. Los casos de denuncias se archivan en lugares equivocados. Provienen de activistas o paranoicos, según  constan en los informes oficiales. Cuando alguien le pide explicaciones adopta una actitud de embalsamador; se sabe intocable.
            Una sirena marca el final de la jornada. El guardián deja caer la puerta metálica como una guillotina.           
                                                                                                                                        
            Cuatro hombres acuclillados rodean la parte del cuerpo del gran árbol que ha quedado unido a la tierra a través de sus endurecidas raíces. Don Maldito lo quiere para una mesa de campo. Estudian la forma de arrancarlo de las entrañas de la tierra. Han venido pertrechados para pasar el día en la selva.
            El lugarteniente monta una barbacoa en la pequeña playa que forma el remanso del río. Comerán con regocijo.
            En el pequeño claro de la jungla se ha corrido la voz de esta operación. Todo fluye con aparente normalidad, pero, desde los más intrincados rincones  se prepara una ofensiva de grandes proporciones. Ya todos saben que el cedro centenario ha sucumbido a la acción indiscriminada de los hombres, los mismos  que  ahora han  vuelto a invadir  su ecosistema.
            Las grandes hormigas soldado esperan en formación detrás de los helechos. Son la piedra de choque, sólo esperan órdenes. A una señal de sus antenas, el comandante en jefe de las hormigas cortadoras gigantes ordena el avance en fila, pausado, imparable, decisivo.
            Empiezan la ascensión por los pies, siempre en disciplinada marcha. Los monos titís se han descolgado de las ramas y están colaborando; quitan la ropa de los hombres, hacen intención de ponérsela, chillan; uno de ellos le arrebata las gafas a Don Maldito y se las coloca encima de la nariz con alaridos de victoria.
            La serpiente pitón aparece silenciosa. Aquellos hombres no alcanzan a coger sus rifles, se debaten entre las hormigas y los monos. Asciende con movimientos circulares inutilizando el torso de Don Maldito. Presiona. Ya solo quedan fuera de su alcance los brazos. A ellos han conseguido llegar las hormigas. Sus mandíbulas actúan como tenazas. El cachazudo cocodrilo avanza desde las aguas marrones; sabe lo que está sucediendo. Con un rápido y ágil movimiento se traga la hamburguesa de carne a la brasa que tiene en la mano; escupe el brazo por la comisura de su gran bocaza: ya solo encuentra  huesos.
            Allí, junto al cementerio de hojas y ramas del viejo cedro, los indígenas miran atónitos, escondidos entre el follaje, amontonados como racimos de cocos. Un mono colgado de una rama se orina en el parabrisas del  todoterreno.
            Nuevamente, una lluvia torrencial comienza a caer con violencia. Los animales desaparecen para evitar  las enormes gotas de agua que rebotan como balas. Una neblina de agua y vapor inunda el entorno, creando una atmósfera sobrecogedora, misteriosa. La descarga de agua dura unos cuantos minutos, los suficientes para limpiar el lugar del suceso de rastros pestilentes. Cesan el fragor, el espanto, también la lluvia. El agua seguirá goteando de las hojas por un tiempo, produciendo un suave rumor que tardará en apagarse. Las tinieblas, replegándose sobre los recuerdos visuales, nos dirán que el orden se ha restablecido.
             La naturaleza también tiene sus formas de venganza. El hombre solo las intuye levemente, sin prestar la debida atención. Quizá sea debido a esa falsa posición de privilegio que le impide percibir emociones singulares y mensajes inaudibles.
            Pero una luminosidad lechosa, proveniente del fondo de la Humanidad, se abrirá paso con el amanecer y comenzará un nuevo día con el jadeante pálpito de la vida perezosa, ardiente y dulzona de la selva, y una herida ulcerada nos recordará la presencia invisible del cedro centenario.
            


1 comentario:

  1. ¡ENHORABUENA! Charo. Seguro que te merecías más el primero, porque tu cuento de la selva era buenísimo.
    Un abrazo

    ResponderEliminar